El hombre, mito etnocéntrico de unificación transcultural.
Escrito por Marco Alexis Salcedo   
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El hombre, mito etnocéntrico de unificación transcultural.
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¿Qué es el hombre? Este es el titulo de un libro de un conocido filósofo, Martin Buber, que ilustra la pregunta recurrente que  la filosofía moderna se ha hecho para establecer qué o quiénes somos.  Sin pretender definir ontológicamente al hombre, sino aprehender el término en su carácter de concepto, este ha sido un vocablo que se ha utilizado para hablar del conjunto de seres y crías de nuestra especie que son diferenciables de otros seres, como los animales, los dioses y otros “pseudo-humanos”.  La expresión se ha empleado desde el supuesto indiscutible que habría elementos particulares en los miembros de nuestra especie que nos distingue de los animales, de los objetos físicos inertes y de cualquier otra cosa viviente que exista o haya existido en el universo. Esos elementos conformarían algo que se llamaría ‘naturaleza humana’, un conjunto de características dadas por la naturaleza que serían comunes a cada entidad que recibe el nombre de ‘ser humano’



Las disciplinas que se han inscrito en el expediente epistemológico de las ciencias humanas han adoptado  un proyecto antropológico que procura discernir  las particularidades que determinan esas características humanas. En la modernidad, ‘El Hombre’  vino a sustituir a Dios como el objeto de reflexión hacia el cual todos los conocimientos tendían. En el medioveo, todas las ciencias eran teológicas, todas pretendían acercarnos a Dios. En la modernidad todas las ciencias son humanas, todas aúnan esfuerzos para algún día comprender los factores que determinan lo que somos. “...Desde el siglo XIX, algo así como una antropología [fue posible]; cuando digo antropología no hablo de esa ciencia particular que se llama antropología y que es el estudio de culturas exteriores a la nuestra; por antropología entiendo aquella estructura propiamente filosófica que hace que ahora todos los problemas de la filosofía se confinan dentro de ese dominio que podría llamarse el de la finitud humana... ya no se puede filosofar sino sobre el hombre en cuanto homo natura...” (Foucault, 2005: p. 3).



Así, la psicología estudia ‘El Hombre’, al igual que la sociología, la antropología, la lingüística, la historia, la filosofía, la literatura, la medicina, y aún la física, la química, la biología, entre otras, con la salvedad de que cada disciplina tendría a su encargo el abordaje de un aspecto especifico del objeto en mención. La imposibilidad práctica de que halla una sola disciplina que dé cuenta de todos los aspectos que determinan a ‘El Hombre’  es lo que conlleva a la emergencia de distintas disciplinas especializadas en el estudio de una de las facetas humanas. Sin embargo, la división se supone temporal, pues se considera que los descubrimientos de una disciplina se van sumando a los de las otras disciplinas de modo tal que al final se logrará una supra-síntesis disciplinaria que mostrará a ‘El Hombre’.



El articulo ‘EL’ que acompaña el sustantivo ‘hombre’ muestra de entrada la connotación generalizante que tiene la expresión. ‘El Hombre’ es finalmente Uno. Por lo tanto, todos los miembros de la especie humana se puede sintetizar en un solo individuo; todas sus características, capacidades,  juicios, facultades, estética se pueden ejemplificar en una sola persona. “El marco escénico [en diferentes tiempos y lugares] ciertamente cambia y los actores cambian sus vestimentas y su apariencia; pero sus movimientos internos surgen de los mismos deseos y pasiones de los hombres y producen sus efectos en las vicisitudes de los reinos y los pueblos” (Mascou, citado por Geertz 1987. P. 44). La cita  corresponde a la de un historiador de la ilustración, Mascou, cuya frase muestra la posición general que en la época moderna se ha desarrollado sobre el concepto de hombre. “Según esto, la naturaleza humana está tan regularmente organizada, es tan invariable y tan maravillosamente simple como el universo de Newton. Quizás algunas de sus leyes sean diferentes, pero hay leyes; quizás algo de su carácter inmutable quede oscurecido por los aderezos de modas locales, pero la naturaleza humana es inmutable” (Geertz, 1987. P. 44).  El “Él” remite a un modelo, a un arquetipo, en términos de Geertz, a una idea platónica o una forma aristotélica en relación con los cuales los hombres reales –usted, yo, Churchill, Hitler y el cazador de cabezas de Borneo- no son sino reflejos, deformaciones, aproximaciones (Geertz, 1987. P. 44). Una forma, continua Geertz, que en el caso de la ilustración, suponía que podía descubrirse despojando a los hombres reales de los aderezos de la cultura. Es decir, despojando a cada ser de lo accidental que lo define. Y en el caso de la antropología clásica, ese “Él” esperaba ser descubierto por consenso, discerniendo los caracteres comunes que se dan en todas las culturas. En ambos casos, el resultado es el mismo: un “Él”, una esencia, Una forma

 

Y como ‘El Hombre’ es finalmente Uno, como todos los miembros de la especie humana se puede sintetizar en un solo arquetipo, como todas sus características, capacidades,  juicios, facultades, estética se pueden ejemplificar en una sola persona, ese ser prototípico casi siempre termina siendo un fiel reflejo de la imagen ideal masculina occidental, no oriental, no arábiga, no india, no africana. La expresión utilizada, ‘‘El Hombre’, exhibe algunos de los pares antagónicos que Richard Rorty señala son los que clásicamente han dominado nuestra visión de qué o no es plenamente un ser humano. En las imágenes visuales que sirven de medio para representarlo  aparece casi siempre una figura que es  masculina,  adulta, musculosa y con rasgos físicos arios.  Su estética es definitivamente la occidental. Ser Hombre es serlo, en su forma ideal, a la manera occidental. De ese modo, los otros rasgos físicos, las otras estéticas se convierten en desviaciones del ideal, infortunadas malformaciones con las que nacen algunos de los miembros de la especie humana. Y las capacidades que demuestra este ser ideal, serán, desde luego, acordes con las que se promueve y se observa en los hombres occidentales. La imagen que nos ofrecen explícita o implícitamente del hombre prototípico y que sirve de patrón de referencia para todas las personas existentes o por existir es la de un ser que posee unos derechos inalienables que los hace respetar en cualquier lugar y cultura en que se encuentra, es autónomo, respetuoso de los demás, y considerando las condiciones políticas actuales, su idioma sería posiblemente el ingles, su ciudadanía norteamericana, gustaría de la coca cola y sería ejecutivo en una multinacional.