Sobre las dificultades de las memorias: el caso de Guatemala
Escrito por Mariano González   

Esta reflexión busca dar algunas breves pistas sobre los efectos que la elaboración de las “memorias del dolor” ha tenido en la sociedad guatemalteca. Para empezar, en su trabajo Dobles define a las Comisiones de la Verdad como: “…complejas instituciones, con un conjunto de herramientas culturales y procedimientos, que buscan llevar a cabo con legitimidad la tarea de “recordar” un pasado reciente doloroso” (2009: 176).

Estas instituciones son resultado de negociaciones y correlaciones de fuerzas producto del momento en que se han creado, usualmente en un “posconflicto” en el que ya ha acontecido la barbarie. Tienen una serie de objetivos diversos, entre los que se incluye el objetivo fundamental de conocer la verdad sobre el pasado (aún cuando la discusión epistemológica sobre el tema de la verdad es muy compleja, como efectivamente señala Dobles, no buscan simplemente “una versión” del pasado), así como promover la reconciliación y la justicia, romper con la impunidad, etc. Como se puede apreciar rápidamente, dichos objetivos resultan de un alcance muy amplio y de una realización muy compleja que no sólo se encuentra en el trabajo de las comisiones, sino en el juego de las relaciones sociales que se producen en una sociedad determinada. Además, tienen un problema indudable que aparece desde su origen: son instituciones creadas desde “arriba”, es decir, resultado de negociaciones de actores con cierto poder y no del esfuerzo de las víctimas y los familiares de víctimas de las violaciones a derechos humanos y hechos de violencia (o por lo menos, no directa y/o principalmente). En Guatemala, este trabajo de investigación sobre el conflicto armado interno, de una duración de 36 años, fue realizado por la Comisión de Esclarecimiento Histórico (CEH) que produce el informe Guatemala. Memorias del Silencio. Para considerar la significación del trabajo, se deben tomar en cuenta al menos tres aspectos.

En primer lugar, los principales datos que aportó dicho informe. El informe de la CEH considera la existencia de 200,000 personas asesinadas/ desaparecidas durante el conflicto, entre medio millón y más de un millón de desplazados en el momento más grave del conflicto (1981-1983) y múltiples efectos que desestructuraron el tejido social guatemalteco. De todos los hechos de violencia, la CEH encuentra que un 93% de responsabilidad es del Estado (principalmente del ejército y la policía), un 3% de la guerrilla y un 4% de actores desconocidos.(1) En segundo lugar, la CEH fue parte de unos complejos Acuerdos de Paz entre el Estado de Guatemala y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca –URNG- que intentaban, ni más ni menos, la transformación del país a través de una serie de transformaciones sociales entre las que se incluían temas como la multiculturalidad existente en el país (con pueblos indígenas que han sufrido históricamente de discriminación y opresión), transformaciones socioeconómicas relevantes, políticas (incluyendo la redefinición del papel de las fuerzas armadas), etc. Es decir, la CEH sería un aspecto (importante), dentro de un marco de redefinición del país que, lamentablemente, parece haberse quedado en el olvido o haber sido ineficaz. Y en tercer lugar, vale la pena tomar en cuenta que en Guatemala, hay un trabajo muy grande realizado en torno al tema de la memoria a partir de instituciones y organizaciones de víctimas. Este trabajo se ha materializado en el informe Guatemala Nunca Más realizado por la iglesia católica (en términos cronológicos previo al informe de la CEH) y una serie de informes locales y de trabajos varios que, de una u otra manera, apuntan a la recuperación de la llamada memoria histórica y a múltiples objetivos entre los que se encuentran la dignificación de las víctimas, romper el silencio y la impunidad, etc., así como también una serie de trabajos prácticos en el tema de exhumaciones de personas asesinadas, atención psicosocial a víctimas directas e indirectas, entre otros esfuerzos.(2).

Esto es importante indicarlo, porque han existido múltiples esfuerzos por “recordar” el pasado del conflicto armado interno y dar respuesta a las víctimas que se produjeron. Lo que viene al caso, es tratar de dar constancia de los efectos del trabajo de la Comisión de la Verdad y de todo el trabajo desarrollado en torno a la memoria realizado durante ya más de 10 años en Guatemala. Al respecto, quisiera plantear ciertos criterios para reflexionar el trabajo sobre la memoria. Sin pretensión de sistema o de estar ordenados por una jerarquía, quisiera señalar algunos posibles puntos que se encuentran en la rica discusión que hace Dobles. (3) Efectos personales y sociales “positivos”. Estos efectos pueden ser traducidos en los términos de salud mental (personal) y reconciliación (grupal, social, cultural). Esto se refiere a las posibilidades de sanar las heridas emocionales y las heridas en el tejido social que se traducen en desconfianza, silencio, miedo, etc., que quedaron en las personas y las comunidades después del conflicto. Pero además puede tomarse en cuenta el objetivo de reconciliación producido a nivel social, lo que llevaría también a la inclusión de aspectos relativos a juicios o acciones legales contra los victimarios. No son de menor importancia estos efectos. Familiares de personas desaparecidas que han logrado completar ritos de duelo o víctimas de tortura con capacidad de afrontar las heridas de su pasado, son efectos muy valorados por las mismas personas que lo han vivido.Transformación de las prácticas cotidianas.

Una de las distinciones que recuerda Dobles respecto a la memoria es la de una memoria comunicativa que implica la transformación de las prácticas cotidianas (vía el lenguaje principalmente). Sin embargo, y esta es una interpretación personal, podría colocarse en este apartado lo referente a las transformaciones políticas que pueden producirse a través de cambios que acompañan el trabajo de las Comisiones como podrían ser el combate a la impunidad y el fortalecimiento de los sistemas de justicia. Actualización en luchas y resistencias. La efectividad de la memoria se podría “evaluar” si ésta, más que producir conmemoraciones, se convierte en prácticas de resistencia colectivas en las que se combinan las “memorias del dolor” y las esperanzas y sueños frustrados de las víctimas, que actualizan el pasado. Como lo formula S. Tischler, el pasado no se conmemora, se actualiza en luchas y resistencias (2005). Dobles lo plantea como “la lucha contra los factores opresivos que se siguen afirmando en el presente (2009: 295). Reflexión de la situación actual. Para el caso de Guatemala, la reflexión sobre estos criterios resulta más bien negativa, con una excepción. El primer aspecto propuesto relativo a la búsqueda de salud mental (o “sanación) parece ser en el que mayores efectos reales se ha logrado. Esto se puede apreciar en diversos testimonios, el reconocimiento social del sufrimiento pasado, el trabajo de exhumaciones y apoyo psicosocial que han dejado efectos personales, familiares y grupales importantes. No a todas las víctimas, pero sí a muchas. Debo insistir que este es el principal efecto positivo que se ha logrado a través del trabajo relativo a las memorias del dolor en Guatemala.

La respuesta en torno a los otros criterios considerados debe ser negativa o bastante matizada. No es posible decir que los guatemaltecos estemos reconciliados, que las memorias del dolor se hayan vuelto práctica efectiva (a excepción de ciertas excepciones puntuales, materializadas en algunos grupos) o que la organización frente a problemas actuales como luchas con el poder estatal, el poder local o las transnacionales retome la inspiración de las luchas del pasado y de los sueños frustrados de las víctimas del conflicto. ¿Cuál es la razón de esto? Al respecto también señala Dobles algunas razones ligadas a las políticas de la memoria (que incluyen el problema del “presentismo”), pero quisiera centrarme en lo que considero esencial para entender el problema en Guatemala. Podría plantearse de la siguiente forma: ¿Cómo elaborar/crear las memorias del dolor cuando el dolor continúa produciéndose? Tal pregunta surge del caso concreto de la sociedad guatemalteca (y creo que en buena medida es extensiva a la sociedad salvadoreña).

Esto se relaciona con un aspecto que sigue manifestándose en esta sociedad: el legado de impunidad, corrupción y, especialmente, violencia (lo que Dobles señala como el marco institucional “en sistemas fracturados” o en que persiste la “burocracia del dolor”. 2009: 278). En efecto, las cifras de la violencia actual son terribles. En el 2009, la cifra de asesinatos subió a 6500 (una tasa de 49 asesinatos por 100,000) y en los últimos 10 años se han producido más de 40,000 asesinatos, ya “fuera” del conflicto armado. En otras palabras, de la represión política (con todo lo que incluye como impunidad y corrupción) se pasó a una acelerada descomposición social que incluye el legado de represión (menos visible, pero actuante aún) y otros aspectos que terminan por limitar las posibilidades de convivencia en el país. Por supuesto que hay diferencias significativas y profundas en los ejercicios de violencia del conflicto y la violencia actual. En el caso del conflicto armado guatemalteco, la violencia política ejercida por el Estado guatemalteco se dirigió claramente a destruir el movimiento revolucionario y popular, así como a generar terror en la población y evitar su participación o adhesión a dichos movimientos. Las principales víctimas fueron los pueblos indígenas del occidente del país, especialmente durante la década comprendida entre 1975 y 1985. La violencia actual, aunque implique por omisión al Estado y su responsabilidad por la asombrosa impunidad existente (4) es fundamentalmente de orden delincuencial en todas sus expresiones: narcotráfico, pandillas, delincuencia organizada, cuello blanco, con la complicidad de sectores económicos y de otros sectores por acción u omisión. Su lógica se dirige a la acumulación de riquezas y el ejercicio y reconocimiento del poder delincuencial, y su principal espacio de expresión se encuentra también en otro ámbito: los sectores urbanos y ladinos.

En todo caso, lo que se quiere señalar es que no se han superado los problemas específicos derivados del conflicto armado interno y ya existe otra cantidad de crímenes (provocados por actores y lógicas distintas) que requieren atención inmediata. Aunque se debe insistir en que existen ciertas continuidades fundamentales en torno a la violencia como el ejercicio de la impunidad de los militares, el aprendizaje de la violencia como mecanismo válido de obtención de fines, etc. Incluso a nivel de estructuras criminales hay cierta continuidad. Sin embargo, el punto que se quiere plantear aquí es el que se desarrolla en torno a la función de la memoria cuando no ha habido suficiente tiempo para elaborar el dolor primero, porque se sigue en el dolor.  De hecho, se debe recordar que el primer gran intento de recuperación de la memoria histórica en Guatemala, realizado por la iglesia católica y presidido por Mons. Juan Gerardi, aunque altamente liberador en palabras del obispo, se ve castigado con el asesinato de éste a los dos días de haber sido presentado el informe Guatemala Nunca Más. Si bien el asesinato ya no afecta al contenido del informe, sí resulta un hecho simbólico que recrea la represión recientemente vivida (y que impide un trabajo posterior sobre la memoria). Si a esto se le suma la violencia e impunidad de las que se ha hablado, es posible apreciar que el marco social desde donde se elabora la memoria resulta insatisfactorio para poder elaborar memorias del dolor adecuadas. En un informe reciente titulado Duelo, subjetividad y justicia en la experiencia de resarcimiento. El dinero no es la vida de ODHAG (2009) se intenta reflexionar sobre la persistencia del dolor en los familiares de personas desaparecidas/ asesinadas, y se encuentra que además de la brutalidad de los hechos, la imposibilidad de efectuar rituales culturales, la falta de reconocimiento social de su dolor (tener que hacerle frente en silencio o negándolo) y la continua retraumatización resultado de un contexto altamente violento, son factores que impiden la elaboración del duelo, y por tanto, de la elaboración de estas memorias del dolor. Se puede concluir que ahora, la sociedad guatemalteca se reconoce de forma mejor respecto al conflicto armado interno, pero los “sueños de felicidad frustrados” de las víctimas del conflicto armado no se han actualizado y los reclamos frustrados de las víctimas siguen insatisfechos. ¿Es demasiado pedirle a la memoria?

Notas

1) Considérese el caso del Perú, donde la “distribución” de culpabilidades por hechos de violencia es radicalmente distinta, puesto que a Sendero Luminoso se le responsabiliza de un 51% de los hechos de violencia y al Estado un 42%. También vale la pena señalar las acusaciones sobre este informe como parcial y favorable a la guerrilla (claro, estas acusaciones usualmente vienen del ejército y de sectores afines).
2) Se cuenta, incluso, con un ente gubernamental llamado Programa Nacional de Resarcimiento (PNR) que trabaja directamente en el tema. Si bien esto puede pensarse como un avance, la práctica de dicho Programa ha originado una serie de efectos indirectos que cuestionan su trabajo (ver ODHAG 2009).
3)1 No quisiera privilegiar ninguno de estos posibles criterios, pero también quisiera plantear que están animados en función de la ingente tarea de reparar agravios a las víctimas, y aspecto central, no solo sobre las víctimas actuales, sino también sobre las víctimas del pasado, aspecto al que no se le da la importancia necesaria. También debo indicar que la forma de estos criterios es responsabilidad propia.
4) De cada 100 asesinatos, 4 llegan a resolverse en los tribunales. Dicho en tono morboso, es casi seguro que si uno asesina a otra persona en Guatemala, se salga impune.


BIBLIOGRAFIA

Dobles, I. (2009) Memorias del Dolor. Consideraciones acerca de las Comisiones de la Verdad en América Latina. Editorial Arlekín, San José. ODHAG (2009) Duelo, subjetividad y justicia en la experiencia de resarcimiento. El dinero no es la vida. ODHAG, Gutemala.

Tischler, S. (2005) Memoria, tiempo y sujeto. F&G Editores, Guatemala.