| Reflexiones sobre el Sufrimiento desde la Perspectiva Histórico-Cultural |
| Escrito por Alfredo Pérsico |
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Con el terremoto del 15 de agosto como telón de fondo, el psicólogo peruano Alfredo Pérsico reflexiona en este texto acerca del sufrimiento humano desde una perspectiva teórica histórico-cultural en que se enfatiza el carácter activo del ser humano y su incesante búsqueda de sentidos.
I. INTRODUCIÉNDONOS AL SUFRIMIENTO Históricamente, en la ciencia, el sufrimiento ha sido concebido biomédicamente desde la patología, y extendido socialmente al malestar resultante de condiciones objetivas de explotación, esclavitud, etc. Múltiples confusiones entre estos dos niveles de análisis han llevado a confundir los planos social e individual planteando la hegemonía de uno sobre otro. Debido a estos vicios, las formaciones psicológicas han sido entendidas desde conceptos como actividad, conducta, interacción, o por el contrario desde lo intrapsíquico, interno o cerebral, acentuando dicotomías y profundizando divorcios explicativos. El sufrimiento hoy se reinventa a la luz de las complejas configuraciones culturales y personales que se organizan desde el orden emocional de los sujetos. Comprendemos el sufrimiento como complejo subjetivo que se expresa en formas singulares o configuraciones de sentido, organizadas tanto en espacios sociales donde se desarrolla la actividad humana, como en la personalidad del sujeto. De este modo, el sufrimiento humano es presentado como modalidad de constreñimiento subjetivo, y abre camino para el debate referido al desarrollo humano, pues es clara expresión de la crisis de la condición humana. Son aspectos como el deseo, el amor y las formas de conocimiento las que participan de la crisis de la condición humana. Desde la perspectiva histórico-cultural deseamos contribuir a la problematización sobre el tema del sufrimiento humano y su compresión en torno a la crisis de la felicidad, última que ha sido institucionalizada y reificada como objeto de consumo. El rescate de formas deseantes, amantes y pensantes que se zambullan en la condición humana de incertidumbres y complejidades anhelantes de esperanza, son retos para descentrar a los sujetos del sufrimiento cultural e individual, y volcarlos a la constitución de núcleos subjetivos de desarrollo desde sus propias potencialidades e historia. El sufrimiento entendido como asesino de sujetos, debe ser vencido continuamente por la posibilidad de cualquier sujeto de producir nuevos imaginarios y configuraciones subjetivas que le permiten expandir y profundizar su relación con el mundo creando nuevas realidades. El sufrimiento no se calla con la satisfacción de obtener respuesta a su mal (pues no la hay), sino con la capacidad de ruptura desde su singularidad que todo acto del sujeto (social o individual) porta como posibilidad... capacidad para abrir y crear mundos diferentes, capacidad para reorganizar la historia desde el acontecimiento. II. ABRIR TROCHA PARA EL SUFRIMIENTO DESDE LA COMPRESIÓN DEL SISTEMA COMPLEJO DE LA SUBJETIVIDAD La subjetividad ha sido un tema manoseado y tratado desde el sentido común de los círculos intelectuales más serios hasta los más ramplones. Y son los temas como los del sufrimiento los que nos permiten repensar nuestras construcciones. ¿Qué tan real es el sufrir? ¿Qué tan real es aquello que se nos muestra como irracional en su discurrir? ¿No bastaría un cambio de conducta y de un pensamiento más ”racional” para darle solución al mal? También podríamos preguntarnos si intuyéramos que fuere real ¿cómo tendría que comprenderse? Partiendo de la última pregunta para ir llegando poco a poco a las primeras, hoy en día definitivamente no se puede partir de la vieja concepción del sujeto tal cómo es o tal como debe ser, sino, recordando a Alberto Merani en torno a su planteamiento sobre la antropología concreta, se necesita comprender al sujeto como un “permanente proceso de autoconstrucción”, haciendo la precisión que para nosotros no se auto-construye sino se constituye subjetivamente en ese permanente proceso que es la experiencia humana. Este hacerse permanente del sujeto no lo ubicamos como sinónimo de deconstruir/construir, pues consideramos que lo histórico se configura en formaciones actualizantes que se expresan permanentemente en la procesualidad del sujeto, y no son deconstruibles o construibles por la intencionalidad de la persona. Así, el sufrimiento como configuración subjetiva o formación de sentido no es una simple concepción o esquema mental que nos divorcia de la realidad y que “debe ser deconstruido”, es un formación real, complejo subjetivo o configuración de sentido que no está determinada linealmente por nuestra racionalidad o intención. Para entender esto mejor, podemos pensar al sujeto desde la metáfora del escenario, como un espacio de desarrollo de procesos y dinámicas en permanente tensión, donde se desarrolla la experiencia personal y social. Esta tensión está expresada entre lo nuevo que pugna por constituirse y la historia constituida del sujeto. En la procesualidad del sujeto, entendida como el curso de su acción, es donde se encuentran, evocan y producen símbolos y emocionalidades. La articulación de estos elementos de sentido con estados dinámicos emocionales (sentidos subjetivos) constituidos en las configuraciones de la personalidad (identidad, autoestima, sentimientos, motivos, etc.), participan de secuencias de producción subjetiva que le dan su cualidad, una vez organizados en la personalidad, de sentidos subjetivos: organizadores y productores de otros sentidos subjetivos. Como se puede inferir, la unidad fundamental constitutiva de este proceso es el sentido subjetivo. Esta unidad dialéctica de emoción y símbolo se produce y pone en movimiento durante las vivencias que se suscitan en la acción del sujeto. Viene a ser formas tan reales como lo puede ser una mano o pie, pero tiene una cualidad diferenciada, pertenece a otra organización de lo real. Los elementos subjetivos como son el símbolo y la emocionalidad son mutuamente determinados por una implicación vital de coexistencia, no de correspondencia. Está unidad marca lo fundante de la subjetividad, que no se remite a lo interno o externo, y menos al divorcio entre los social y lo individual. El sentido subjetivo está encarnado en sujetos y no en cosas, y es estudiado desde su condición social o individual de acuerdo a la formas de organización y relación entre los sistemas donde participa. El símbolo sólo existe en tanto la singularidad de lo emocional lo despierta, lo emocional es producido en tanto la generalidad de lo simbólico emerge. La organización procesual de unidades emocionales-simbólicas en diferentes sujetos pueden configurar imaginarios sociales, discursos y representaciones en contextos específicos. En lo individual la organización de estos sentidos pueden ser pensamientos, motivos, autoestima, etc., en la personalidad. Pero lo que le da la cualidad dinámica al sentido subjetivo es la emocionalidad, pues el propio símbolo se produce a partir de la condición emocional de los sujetos.
{mospagebreak} El sujeto y la personalidad: El sistema de la subjetividad individual El sujeto se define desde cuatro características esenciales según González Rey (1999, 2000, 2002, 2003): a. Intencional, pues debe tomar caminos y opciones; b. Actual, pues existe en tanto sujeto de vivencia; c. Interactivo, porque permanente produce significaciones y sentidos; y d. Consciente, porque construye representaciones, conceptos y modelos para comprender y actuar sobre su mundo. Estas características son las que definen al sujeto, desde su condición de procesualidad dialógica e interactiva, como el principal determinante del desarrollo de la personalidad. Es decir, estos atributos del sujeto portador de una historia subjetiva (personalidad), son los que dinamizan la organización actual del ser humano y facilitan su capacidad de afrontar la vida desarrollando constituyentes o componentes personales como son las disposiciones, aptitudes y actitudes de la personalidad. Aquí, la personalidad es comprendida desde una relación tensa y creativa con el sujeto concreto y se define como la dimensión histórica de la subjetividad individual. La personalidad se organiza en configuraciones complejas que no están exentas de contradicciones internas, por estados dinámicos (sentidos subjetivos) en colisión que constituyen nuevas integraciones cualitativas en la acción del sujeto. La personalidad misma presenta una resistencia a la producción de nuevos sentidos que se desarrollan en la acción del sujeto, y en esta relación tensa de lo constituido y constituyente ambas dimensiones (personalidad y sujeto) de la subjetividad individual se definen: - El sujeto como dimensión procesual.- Por su función articuladora-productora de emocionalidad y símbolos durante sus interacciones. Esta cualidad expresa el principio dialógico por el que se rige el sujeto. - La personalidad como dimensión histórica.- Por su función organizadora de sentidos subjetivos. Esta cualidad expresa el principio sistémico que rige a la personalidad. Tanto la personalidad como el sujeto presentan una íntima relación que se puede traducir en una procesualidad histórica, una historia en curso, un sujeto histórico o una historia subjetiva. Esta unidad presenta un principio de retroacción. Es decir, el sujeto produce nuevas emociones que pueden entenderse como emergentes causantes de rupturas en la organización personológica y abren nuevas zonas de sentido en el curso de la experiencia individual y social. Por otro lado, la personalidad desarrolla mecanismos de reducción de la desviación o ruptura, entendidos como procesos autorreguladores que retroactúan sobre las causas (las emociones producidas en la acción del sujeto) que amenazan con desestabilizar su constitución actual. Este principio de retroacción elimina cualquier determinismo lineal que se quiera instaurar entre el sujeto y la personalidad, en lo social de la experiencia del sujeto y singular de la configuración de la personalidad. Esto siempre y cuando se entienda que lo social es responsable de la producción de emocionalidad en el sujeto, y que para que este se constituya subjetivamente debe cobrar un sentido en el sistema de la personalidad, de lo contrario no tendría significación para el sujeto. Cuando un niño viene al mundo, encuentra una organización de la subjetividad social que el mismo altera con su llegada, y es ahí donde comienzan los procesos configuradores de su subjetividad individual que organizan la personalidad. Lo central de esta concepción acerca de la subjetividad individual es la necesidad de comprender la constitución histórica, única e irrepetible, pero tejida en el curso permanente de la actividad culturalmente contextuada del sujeto. Esto es crucial para entender los complejos sujetivos, como son las configuraciones relativas al sufrimiento que se constituyen desde núcleos de emocionalidad que no responden directamente a esquemas conceptuales o construcciones del sujeto, pero que sí pueden ser movilizados por estos. La reflexión, la elaboración de concepciones, y en general las acciones que emprende el sujeto son productoras de emocionalidad más que de soluciones que actuarán y modificarán racional y linealmente la constitución subjetiva de la persona. La construcción de significados y la propia producción simbólica que se dan en los diferentes espacios sociales se convierten en productores y evocadores de nuevas formas de emocionalidad que no siempre están directamente asociadas. La virtud no es “darle vueltas al asunto”, sino permitir desplazar núcleos de sentido que despersonalizan o constriñen el desarrollo de la persona, para instituir y fortalecer núcleos de sentido sanos, aquellos que impulsan la ampliación y profundización de las relaciones que establece la persona con su mundo. La posibilidad creativa y de ruptura de los sujetos es la mejor arma con que se cuenta para esta travesía y lucha continua contra el sufrimiento humano. La subjetividad social y la subjetividad individual: El sistema de la subjetividad Un aporte fundamental de la teoría de la subjetividad que propone Fernando González Rey es el referido al plano social de la subjetividad. El sistema de la subjetividad es concebido en sus formas de expresión social e individual, que se desenvuelven y desarrollan de manera simultánea y diferenciada, constituyéndose en una relación que guarda un principio de recursión. Esto es, ninguna entidad objetiva puede participar directamente sobre el sujeto sin que para ello halla pasado por su inscripción en los registros subjetivos que se encuentran organizados en planos diferenciados de la subjetividad (social e individual), donde uno es constituyente del otro. Es esta cualidad de la subjetividad la que determina su capacidad auto-productora y auto-organizadora de sentidos subjetivos. La significación de la subjetividad social en nuestro planteamiento para el sufrimiento humano es de vital importancia ya que pone de manifiesto la organización subjetiva de los espacios sociales en que se desarrolla la actividad del sujeto, pudiendo configurarse como espacios sufrientes. La producción simbólica integrada permanentemente a la organización de sentidos subjetivos de los sujetos, hacen de la subjetividad social un entramado dinámico donde los discursos, representaciones sociales, construcciones teóricas, ideologías, instituciones, etc. sólo puedan ser comprendidos en la medida que no se eliminen a los sujetos que habitan esos espacios. La cultura como sistema organizador, viene a ser aquella macro-categoría teórica análoga a la personalidad que agrupa al conjunto de configuraciones que se desarrollan de manera contradictoria en espacios sociales por donde el sujeto transita. La emocionalidad contenida en el conocimiento social, así como las concepciones personales, necesita ser considerada en los planos social e individual de la subjetividad. Por ejemplo, un desastre natural como el terremoto que hemos vivenciado el miércoles 15 de agosto del presente año, debe ser analizado no sólo desde los discursos que se están construyendo socialmente, sino desde las emocionalidades que evocan los símbolos producidos culturalmente en sujetos concretos que viven una situación de marginalidad. Estas personas organizan su vida muchas veces desde sentidos de vulneración, temor, desconfianza, etc. y se desarrollan en condiciones que despiertan sensibilidades diferenciadas en cada uno, pero que se evocan y articulan desde símbolos compartidos, y que por su cualidad subjetiva se organizan desde el conjunto de configuraciones subjetivas que vibran unas con otras en torno a un fenómeno que ha impactado colectivamente. Por esto, no puede generalizarse la existencia de un trauma en todas las personas producto de un sismo, o ciertos síntomas que “todos desarrollan, debiendo ser “curados” o “prevenidos”. {mospagebreak} Esta forma de vibrar puede ser efímera o articularse férreamente a la historia de las personas y instancia social en donde se vivió, depende como halla impactado en la vivencia de los que la experimentaron. Que en el caso del terremoto cuyo epicentro fue en Ica, basta con ver las implicancias en las vidas de las familias que no tienen que comer y beber, donde dormir y con qué abrigarse, y se ven obligadas a desarrollar nuevas prácticas sociales en situaciones límite que en el menor de los casos resilientes a nivel comunitario, y en mayor cantidad de sobrevivencia desesperada y desvinculada del colectivo. Vemos el sufrimiento en las configuraciones de los espacios sociales que están constituidos por personas de carne y hueso con sus propias singularidades. Podemos reconocer contextos culturales donde se organiza la vida colectiva y las actividades de las personas desde configuraciones sufrientes, pero nunca podemos atribuir las características de estas configuraciones culturales a las modalidades de cada persona. Esta concepción cultural concibe los sentidos de los sujetos sociales e individuales como constituyentes de complejos procesos subjetivos donde los símbolos y emociones se integran y evocan permanentemente sin linealidad. El símbolo, elemento constitutivo de una realidad social general, está indisolublemente ligado a la emoción humana, elemento constitutivo de una realidad social singular: el sujeto histórico concreto. La cultura y la personalidad como instancias organizadoras del sistema de la subjetividad guardan un principio de dependencia y autonomía relativas, ambas organizan históricamente la información (emoción y símbolo) y actúan de manera simultánea manteniendo su carácter general y singular, pero nunca se puede concebir una sin la otra. La propia organización de la personalidad necesita de la información producida por la colectividad de sujetos de un contexto (símbolos) y la cultura necesita de la información producida por cada sujeto en dicho contexto social (emocionalidad) para poder existir y constituirse. Esta relación de dependencia y autonomía es la necesidad vital desde la que se desarrolla el sistema de la subjetividad. Esto nos lleva a plantear un último principio que participa de los sistemas complejos como es el caso de la subjetividad: El principio hologramático de la subjetividad donde la organización singular es constituyente de la organización cultural, y la organización cultural está constituida en la singularidad del sujeto. Este aspecto es central para entender el valor de la singularidad en el proceso investigativo de las formaciones subjetivas como el sufrimiento humano, que no se pueden desligar de los sujetos concretos que las expresan. Aquí se puede plantear que si bien la cultura es más que la suma de los individuos que la conforman, en la personalidad de los sujetos se encuentra constituida la cultura, pero desde su singularidad, por lo que es el todo cultural y algo más. Concluimos que la subjetividad es una forma de lo real ontológicamente diferenciada y que no está suscrita a un correlato ni determinación directa de carácter objetivo. Es decir, su definición se da desde y en la subjetividad. El sufrimiento humano no está suscrito a elementos objetivos que determinan su cualidad y no puede encontrar definición mas que en la singularidad de los contextos y sujetos donde se configuran las subjetividades. Esto no quiere decir que la subjetividad sea independiente a la dimensión objetiva de lo real, muy por el contrario, la subjetividad puede ser considerada un hecho objetivo en la expresión de la realidad subjetivada del sujeto. Lo objetivo y lo subjetivo no plantean una relación de independencia, sino de complementariedad contradictoria, muestra de ello es que para poder introducirnos en la configuración subjetiva de los fenómenos humanos es necesario comenzar por la expresión de los sujetos sociales (instancias sociales) e individuales (individuo humano concreto). Por ejemplo, en el terremoto del 15 de agosto, este hecho objetivo tiene capacidad de incidencia en tanto se configura subjetivamente y se expresa en la acción del sujeto, en actos desesperados como los de saquear tiendas, llevarse todo el cargamento de donaciones de los camiones que llevan las donaciones a diferentes poblados, etc. Actos objetivos que expresan la realidad subjetivada del sujeto, la manera como el significa el suceso vivenciado y desarrolla estrategias de actuación individualista, inorgánicas, dispersas, organizativas, solidarias, etc. Este terrible acontecimiento puede reflejarnos una realidad a comprender y por ser transformada, así como un sufrimiento configurado con sentidos de otro lado de lo social que participan de la organización sufriente que constriñe el desarrollo de las personas y comunidades que vivenciaron con mayor crudeza el sismo. Lo más dramático de la respuesta de la mayoría de las personas de Ica, es que su lucha la viven de escarbar oportunidades efímeras para subsistir sin organización o solidaridad. Saquean camiones de donaciones, el robo al prójimo es altísimo, la desconfianza y el temor predominan. Estas, entre tantas otras acciones, no abren posibilidades para proyectarse. Apreciamos también sentidos subjetivos producidos en situaciones de marginalidad, exclusión y explotación (pero sólo comprensibles desde su historia y contexto) que están asociados a configuraciones relativas al individualismo, a discursos como “el que no aprovecha es cojudo”, etc. Sin querer concluir con determinismos lineales, las condiciones de existencia y la historia cultural de los sujetos han participado como momentos de sentido en las prácticas sociales alienantes junto con las producciones de nuevos sentidos, que por un lado despersonalizan y rompen el lazo social a través de formas individualistas e indiferentes, y por otro producen sufrimiento cultural con resonancias diversas en lo individual que no necesariamente son sufrientes. El sufrimiento cultural puede estar asociado y configurado con estados emocionales sociales de vulneración, inseguridad y temor, donde se genera la desesperanza en torno a la situación compartida, aspecto que se puede ser expresado desde la singularidad de cada sujeto. Pero muy diferente es ver el impacto del proceso de sufrimiento personal evocado por la muerte de familiares, las angustias sobre al futuro, etc. que sólo pueden ser vistas desde la historia de cada sujeto, y nunca podrían remitirse a “características de la personalidad o síntomas típicos en sujetos víctimas del terremoto”. Lo común en ambas formas de sufrimiento es el constreñimiento subjetivo por el malestar producido que hiere y asesina las esperanzas. Sin embargo, también puede ser considerado este proceso de crisis como posibilidad, donde pueden emerger nuevos sentidos que organicen y desplacen a los que instituían el sufrimiento. Al considerar la exclusión, la marginación y la explotación como los principales dramas con los que los sujetos organizan su mundo y que participan después de un incidente extraordinario como el terremoto, no nos queremos referir a su contenido objetivo, sino su significación en el sistema de la subjetividad. Esto no puede determinar directamente las configuraciones culturales o personológicas, pero si plantear prácticas donde el lazo social se encuentra roto y los sentidos subjetivos se encuentran del lado de la disidencia o del sometimiento/autocomplaciente. Acerca de la incidencia de lo objetivo en lo subjetivo y viceversa, una interesante orientación metodológica para el estudio de la realidad social, se da al representar a los sujetos (sociales e individuales) como escenarios de subjetivación y objetivación. Esto siempre y cuando entendamos la objetividad del acto del sujeto sin excentrarlo de su condición subjetiva. Una manera didáctica de comprender esta relación es como un tejido de elementos, donde la condición subjetiva es la madeja que ata cada uno de los elementos objetivos. Ambas formas de lo real y sus diversas formaciones coexisten en la condición humana. En este enfoque histórico-cultural, la subjetividad nunca es entendida sin el acto, ni tampoco como aquellos contenidos de carácter intrapsíquico. Así, la subjetividad en sus formas de expresión jamás se comprenderían sin el carácter objetivo, y la objetividad nunca sería comprendida sin la cualidad que enlaza su potencial de incidencia como hecho social. III. SUFRIMIENTO, NUEVOS SÍNTOMAS Y ACCIONES REBELDES: RESISTENCIAS PERSONALES Y COMUNITARIAS Son las resistencias vivas del sujeto las que producen acciones disidentes de la lógica dominante, que nosotros consideramos rebeldes. Son aquellas que no responden a la lógica del consumo. Las resistencias y la rebeldía a la que suscribimos no se basan en el control sobre los actos personales o colectivos orientados a la transformación de una sociedad, sino a un plano ontológico. Por este camino es que nos encausamos afirmando que las acciones rebeldes no tienen necesariamente una orientación ética, sino que responden a configuraciones personales o colectivas que son disidentes de las configuraciones culturales donde se ha institucionalizado la mercancía. A nivel individual, las configuraciones subjetivas participan de la organización de espacios sociales donde el sujeto desarrolla su actividad, y pueden ser considerados agentes potenciales de ruptura o ineficacia del sistema. Así el sujeto anoréxico o depresivo por ejemplo, no participa del mercado, pero desde una retroacción negativa que suprime la incidencia de la emergencia de nuevos sentidos y organización en las configuraciones de la personalidad. Esto genera constreñimientos en la subjetividad. Por otro lado, las acciones rebeldes que posibilitan rupturas se comprenden a través del sujeto productor de emocionalidad, de nuevos sentido subjetivos que desorganizan y reorganizan las configuraciones culturales y personales, que conllevan a conflictos y nuevos momentos de integración la historia que tiene, tanto en la personalidad como en su cultura. {mospagebreak} En el nivel grupal, la subjetividad de una organización que plantea modalidades de organización desde la ternura, basadas en relaciones de solidaridad, amor y fe, rompe el esquema capitalista y puede posibilitar cambios en la subjetividad que posibiliten la formación de núcleos de desarrollo subjetivo en la participación de prácticas renovadoras. Es curioso que en un primer caso como el de la depresión, anorexia, bulimia y otros síntomas contemporáneos del sufrimiento humano, constituyan respuestas que se rebelan a la lógica de consumo, pues estos sujetos ¡no son consumidores! Estos síntomas reflejan anomalías del sistema, son producciones culturales e individuales disidentes pero articuladas desde configuraciones destructivas donde se disipa el sujeto. Hay una muerte en vida del sujeto que no dinamiza y renueva las configuraciones de la personalidad, por el contrario el sujeto esta remitido a la emocionalidad que produce los sentidos constituidos previamente, y desarrollan corrientes supresoras de nuevas zonas de sentido, que impulsen la exploración en lo real, en lo alterno. Por el segundo caso, las acciones rebeldes contemplan un sujeto creativo capaz de organizar su experiencia y orientarla hacia horizontes donde su voluntad se intensifica en cada paso. En cualquiera de los dos casos son las resistencias, aquello de lo no deconstruíble y singular que permite al sujeto rebelarse a la propia lógica capitalista que produce significaciones relativas al consumo. Pero ubicamos a estas resistencias como producciones sociales también, que si bien disidentes parten de lo social para producirse y diferenciarse. Las resiliencia es un concepto que debe ser reformulado a luz de las construcciones acerca de la subjetividad, y entendido desde las resistencias comunitarias e individuales como núcleo constitutivo. Los conceptos de resiliencia comunitaria y personal deben catapultarse a una dimensión compleja de las acciones rebeldes que luchan contra el sufrimiento humano y la despersonalización (forma psicológica de la alienación). IV. REFLEXIÓN SOBRE LOS MODOS DE PENSAMIENTO Un aspecto a destacar con relación al pensamiento humano, es que este mismo es una producción subjetiva. Las concepciones, significados y las operaciones mentales que se despliegan durante una actividad tienen un carácter emotivo-simbólico cuya unidad organizadora es el sentido subjetivo. Por lo tanto, el problema del sufrimiento humano no se reduce a una pragmática del “no darle vuelta a las cosas”, a pesar de que el sujeto entra efectivamente en círculos viciosos, sino en la articulación de la actividad pensante desde los núcleos de sentidos que constriñen la apertura a nuevas zonas de sentido. Es decir no son núcleos que articulen la actividad pensante en círculos virtuosos de desarrollo subjetivo, sino que mantienen círculos viciosos de constreñimiento subjetivo. La persona cuando sufre se siente incapaz de asumir un lugar protagónico en la vida, y este estado que también es dinámico los puede conducir a producir emocionalidad o sensibilidades relativas a la impotencia, al miedo, a la vulneración, pérdida, etc. Sin embargo, la emergencia latente del sujeto en esta situación crítica, siempre abre la posibilidad que dicha condición en la que se encuentra la persona sea una oportunidad para su desarrollo. Las modalidades de producción subjetivas señaladas enraízan lo egoísta en el sentido más amplio del término, aquello que no se apertura, que no ve y siente posibilidades, donde lo concluido y el deber ser gobiernan la búsqueda de lo ya encontrado, la redundancia inefable sobre lo imposible, que muchas veces es lo invisible para los sujetos. V. REFLEXIÓN SOBRE EL AMOR Y EL DESEO Es, quién sabe, sabio el destino mientras perdure, mientras existan anhelantes que se dejen engañar al calor de la vieja canción de ser actor de la invención... utopía. Ser un creyente escéptico que hace camino al andar, que crea creyendo y cree creando. Es el engaño dulce, del que duda y se pregunta, la otra cara de la moneda del escepticismo pasional que trabaja por capturar la esperanza en lo alterno. Sin embargo, la esperanza, aquella forma bella que cobra el deseo, es un riesgo pues produce belleza y enlaza humanidades, despierta e intensifica el espíritu rebelde, se encarna en la emoción y la crítica emergente. Poder tan grande que sólo se puede combatir a través de la creación de otros imaginarios como el sueño americano, el billete de lotería, la empresa propia, etc. He aquí la crisis de la felicidad. Se transforman rebeldías emancipatorias, en deseos y amores mercantiles. La polarización de las formas subjetivas de valoración disocian los contextos en los que nos desenvolvemos, y otorgan un criterio económico a nuestras relaciones personales y sociales. El eje del sufrimiento humano es debatirnos entre el desear y amar desde el ser o el tener, pudiendo llegar a no ser suficiente un vínculo de años de amistad, pues hay algo que el otro me debe pagar o devolver por haber sido su amig@: el regalo que le di, la foto del cumpleaños donde aparezco, la plata que le presté, incluso el dinero que invertí en un trabajo de estudios, el trabajo de estudios impreso original, etc. Es un problema de posesión, de sentirse que uno queda con algo que no se remite a la “experiencia” sino a la cosa. La reciprocidad vincular es trasmutada a la reciproca conexión mercantil. Podemos encontrar diferentes aristas en el problema de mercantilización de las relaciones humanas, pero el tema psicosocial fundamental es la penetración cultural del valor mercantil en la constitución de imaginarios sociales que sostienen las formas de dominación. El asesinato a la esperanza provoca sufrimiento y no se hace sólo a través de métodos coercitivos, sino a través de la educación de sujetos sumisos y opresores. Por esto, hoy en día nos topamos con que no sirve una orientación social en panfleto sin sujeto que la viva, justo por eso modalidades terapéuticas no deben creerse poseedoras modelos infalibles contra el sufrimiento, sino creadoras y multiplicadoras de creación, sino es opresión y orientación a otras formas de sufrimiento humano y alienación. VI. BIBLIOGRAFÍA • Bauman, Sygmunt (2005). Amor líquido. La fragilidad de los vínculos humanos. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. • Blanco, A. (1998). Psicología de la liberación. Madrid: Editorial Trotta. • Castoriadis, C. (2002). Figuras de lo Pensable (Las encrucijadas del laberinto VI). México: Fondo de Cultura Económica. • González Rey, F. (1999). Comunicación, personalidad y desarrollo. La Habana, Cuba: Editorial pueblo y cultura. • ---------- (2000). 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Esta ponencia fue presentada el 9 de noviembre del año en curso en el VIII Congreso Internacional de Psicología Social de la Liberación, ofreciendo una serie de consideraciones y propuestas a la discusión acerca de lo que implica el compromiso y la actuación política en un campo que debería implicar, siguiendo lo delineado por Ignacio Martín-Baro como un reto a construir, un horizonte de elaboración colectiva y democrática, desde el compromiso con las víctimas. Más... |