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Estoy muy agradecido con la UCA por invitarme a participar en este panel organizado en homenaje al amigo, colega, maestro, y compañero de lucha Ignacio Martin-Baró, a los veinte años de su asesinato. Somos muchos los que lamentamos no haber podido realizar en este mismo lugar un magnifico y vibrante X Congreso de Psicología Social de la Liberación, en el marco de acontecimientos tan significativos en materia de la memoria histórica salvadoreña. Lamentablemente esto no fue posible. Pero estar aquí entre ustedes, hoy, es verdaderamente un privilegio. En varios lugares del mundo se han llevado o se estarán llevando a cabo actividades de homenaje, sabemos de Buenos Aires, San José, Limón, Brasil, Colombia, México, Paraguay, Puerto Rico. Precisamente hace como una semana compartía con Sol Yáñez un simposio en Maiceo, Brasil, que se titulaba, por cierto, “veinte años sin Martín-Baró”. Empecé mi intervención diciendo que el titulo de la actividad no lo consideraba apropiado, ya que para mí, y no estoy solo, se trata de veinticinco años, al menos, CON Martín-Baró, desde que unas fotocopias de “acción e ideología” cayeron como un rayo en una reunión de la sección de psicología social de la Escuela de Psicología de la Universidad de Costa Rica, a principios del año 1985, y desde que le conocí en un avión, volando sobre nuestro continente, rumbo a Caracas, donde se encontraría en 1985 con su maestro Paolo Freire, a la vez que se convertiría por primera vez en figura de referencia para una parte de la psicología latinoamericana. Tuve la inmensa suerte de compartir trabajos, reflexiones, sonrisas, inquietudes, con Ignacio, en Costa Rica, Venezuela, Argentina, Cuba, y Nicaragua. Lamentablemente no en El Salvador, lo que siempre lamentaré. . Muchas palabras se vierten, entonces, en estos días, recordando esta ausencia que algunos llevamos pegada, como escribía el poeta brasileiro Carlos Drummond. Tomar la palabra, en este contexto, es entonces, un honor y también una responsabilidad.
Se podría hacer de diferentes maneras: algunos han preferido tejer poemas, otros han querido hacerlo de forma epistolar (claro, sin respuesta posible), se podría también juntar un racimo de valiosas anécdotas, o se podría proponer un discurso más ponderado, más académico, o una discusión teórica-racional de los alcances de su obra. Habrá también quienes retomen su obra en forma supuestamente elogiosa, pero para subestimarla o desvalorizarla. Esto tiene que ver también con el público a que queramos dirigirnos: ¿a quién hablamos, fundamentalmente? ¿A los pocos que tuvimos la posibilidad de trabajar con Ignacio, con su inclaudicable rigor, de presenciar su amplia sonrisa o su alegría con las cosas simples?, ¿a los estudiantes, que si acaso leen un par de textos y a quienes llegan todo tipo de imaginarios que podrían hasta marcar distancias?, ¿a los campesinos, a los sectores populares, que eran la referencia principal de una psicología liberadora como la soñaba Ignacio?, ¿ a puntillosos académicos, o, como le leí recientemente a Adorno, a los que andan apurados “ de congreso a congreso”?.
Es que Ignacio se ubico en todos estos mundos. Es parte de su grandeza.
Yo me moveré en diferentes terrenos. Quiero, en lo fundamental, contarles a ustedes, a Ignacio, a mí mismo, porque, a veinte años de su asesinato, que acabó violentamente con una fecunda e intensa trayectoria intelectual y con una praxis de transformación, he creído y sigo creyendo que Ignacio Martín-Baró nos abrió un camino, y nos dejó con un hermoso y a la vez pesado desafío: de cómo hacer psicología con responsabilidad social y compromiso. Rescato, de la obra de Ignacio Martín-Baró, lo siguiente:
Supo construir teoría psicosocial vinculando la búsqueda intelectual con la praxis de los sectores populares.
No es poca cosa. Las propuestas conceptuales que hizo no eran producto de la solución de contradicciones e insuficiencias del mundo de las teorías, sino que se derivaban de los problemas, las esperanzas, las frustraciones, y las creaciones de los sectores populares. Esto es clarísimo, por ejemplo, en su propuesta de una “teoría de grupos con historia”, desarrollada con el telón de fondo de los vaivenes del movimiento sindical salvadoreño en contextos de guerra, o en sus reconceptualizaciones acerca de la salud mental en contextos de guerra. En este rubro, tendríamos que hacer referencia a su riquísimo concepto de compromiso crítico, (En Dobles, 1986) conjugando dos elementos, complejos, que marcarían un posicionamiento del intelectual, como diría Dussell (1999), como parte de una comunidad crítica que lucha por la transformación social.
Creo que se hace necesario reafirmar, también, que no se trata de enfatizar un solo lado del binomio, el de la criticidad, como lo ha hecho De La Corte (2000, 2001) sino que se trata de una criticidad situada, desde lugares sociales asumidos: los de un compromiso con las aspiraciones, las necesidades, las esperanzas de las víctimas, cuya vida es negada por sistema opresores. Algo de esto ha dicho Prilleleltensky (1994) también, en sus elaboraciones sobre la ética, al señalar que los y las psicólogas se forman, por lo general, con la criticidad (aunque sea la criticidad de las pruebas estadísticas) pero que en términos de ética social la mayoría de los profesionales en psicología son analfabetos morales. De paso, la posición de Ignacio, en consonancia con otras posiciones críticas, borra, de plano, cualquier apelación a una asepsia o neutralidad. No ser neutral, por lo demás, no implica que no haya que ser riguroso, porque será un flaco favor el que se la hace a movimientos sociales o populares si se hacen las cosas mal o se les dice lo que quieren escuchar.
Es este un planteamiento que causa escozor en intérpretes de Martín-Baró de signo conservador, como De la Corte, para quien el conocimiento, en la construcción de la ciencia, es un objetivo en sí mismo, y otorgarle algún status especial a las víctimas o a las “mayorías populares” sería una “idealización” efímera en el marco de un intento de “politización” de la disciplina. No extraña, entonces, que afirme que “No puede decirse que Martin-Baro haya sido un autor genial ni que haya aportado algún magnifico descubrimiento o hallazgo a su disciplina” (De La Corte, 2001, 217). ¿Qué tendrían que decirnos, a nosotros, esas “genialidades” o “descubrimientos”?
Por la consecuencia con que adoptaba un marco histórico-social para sus elaboraciones
Nada más lejano de la obra de Ignacio Martín-Baró que esa especie de psicología-burbuja, que dice lo mismo en todo lado, en cualquier circunstancia y que se encierra en su propio discurso. Martín-Baró, que era, además, un agudísimo analista político, sabia apuntar a las problemáticas mas generales, mas estructurales, como decía, que se presentaban en el panorama.
Me correspondió participar, por ejemplo, en la concreción de un trabajo que visualizó tendría importancia, en el campo de las encuetas electorales, en el agitado periodo preelectoral de 1989-1990 en Nicaragua. En los años ochenta planteaba que la tarea principal de una psicología social latinoamericana tendría que ser contribuir a la construcción de la democracia, en un continente plagado de dictaduras militares.
Me parece que quienes apostamos a una psicología liberadora tenemos la obligación, hoy en día, de discernir las problemáticas generales mas significativas para los pueblos latinoamericanos y de coordinar esfuerzos, crear instrumentos para abordarlos. Hemos sugerido algunas de ellas en otros lugares (Dobles, 1996). Un continente, ciertamente, donde han reaparecido los golpes de estado (y las noticias de estos días traen elementos preocupantes de Paraguay), donde la discusión no radica en la instalación de una base militar extranjera en un territorio sino de siete, donde se activan agresivamente diversos factores para acabar con los sueños y las reivindicaciones de mayorías que han logrado avances políticos, en Bolivia, Ecuador, Venezuela, El Salvador, nos daría, si es que queremos hacerlo, mucho para pensar y actuar.
No separaba lo macro de lo micro
En relación con lo anterior, y ante tantas conceptualizaciones y/o propuestas metodológicas en psicología o en psicología social que parecen conformarse con moverse en el marco de micro experiencias, de grupo, de comunidades, etc. sin articular o postular relaciones con procesos más amplios, es sumamente significativo que Martín-Baró supo siempre tener el horizonte más general como referencia. ¿Puede concretarse, nos preguntamos, una experiencia en una comunidad, en un país en que se efectúan desde el poder estatal transformaciones estructurales sin tomar en cuenta ese contexto, por mas contradictorio y conflictivo? ¿Se puede ser “neutral”, por ejemplo, sobre el TLC en Costa Rica, el golpe de Estado en Honduras? Sin ingenuidades, sin simplificaciones. Es útil tomar nota, por ejemplo, de que hasta la investigación participativa se ha querido utilizar para propósitos de contrainsurgencia. Sin ingenuidades, hay que partir de que más o menos todo es posible. La clave de lo político, como ha escrito Parker (1989) en el campo de la psicología social es que favorece y que perjudica a quien. Integro a su conceptualización elementos fundamentales de la perspectiva marxista.
Esto, que es mal visto por algunos analistas o comentaristas de su obra, mientras que es destacado por otros (Lacerda, 2006), es un aspecto de enorme importancia. El trabajo en torno al concepto de clase social es fundamental en su obra, por supuesto, y su visión acerca del orden o el “desorden social” que se encarga de explicitar en el primer capítulo de Sistema grupo y poder, es, por supuesto, dialectico e inspirado por un marxismo de la praxis. No se trata, como lo demuestra su tratamiento del concepto clave de la ideología (en Dobles, 1986), de un marxismo mecanicista, petrificado, sino de reconocer la importancia, en la psicología social, como lo hacía incluso Freud, de la producción material de la existencia, y las contradicciones y conflictos que genera. Esto me parece, es importante también porque no permite que penetre, en la su obra, perspectivas ingenuas acerca de los interés que están en juego en los conflictos sociales. Intereses que también permean, dicho sea de paso, a las empresas editoriales y de la enseñanza. Esto fue clarísimo, cuando en el año 1988, en el II Congreso Nacional del Colegio Profesional de Psicólogos en Costa Rica nos sorprendió un Ignacio claramente incómodo con las ingenuidades con que se valoraba el acuerdo de paz de Esquipulas, en ese entonces recién firmado, y en que, con gran lucidez, vaticinaba como en una región marcada por una “cultura de la violencia”, derivada, por supuesto, de condiciones de vida un tipo de violencia simplemente sustituiría a otra.
Por el respeto profundo a los sectores populares
La soberbia o la prepotencia no entran en el léxico que aplicaría en esta discusión. Un Martín-Baró que en 1987 nos decía que dos de las principales tareas de la psicología social centroamericana eran el rescate de la memoria histórica y la “potenciación de las virtudes populares” era sumamente respetuoso de los sectores populares y sus esfuerzos, incluyendo sus esfuerzos organizativos y políticos, si bien podía y debía ser critico ante ellos.
Me parece un despropósito, en este orden de cosas, esgrimir la obra de Ignacio en contra de la posibilidad de actuación política, ya que lo que criticaba era la “obediencia ciega” a una línea partidaria. Pero, como he argumentado en otro lugar, la participación política no tiene que dirimirse, necesariamente, de esta manera (Dobles, 1996). No es a la participación política que apunta, sino al dogmatismo y fundamentalismo. No creo que en su obra encuentre sustento una afirmación como la que hace Jiménez, refiriéndose al pensamiento de Ignacio en este terreno: “Decía concretamente que la asepsia cientificista resulta éticamente inaceptable, pero que el compromiso político pone en peligro la objetividad del psicólogo social, y lo decía en el mismo año de su muerte, a la que no tenía. Es decir, tenía claro que no hay que confundir objetividad con parcialidad. No se puede ser imparcial frente a la injusticia, pero precisamente para que nuestra labor sea efectiva y adecuada, no hay que caer en la implicación subjetiva, que puede conducir al panfleto político inefectivo o a la pura catarsis publica” (Jiménez, 2007)
Es un párrafo que se las trae. En mi lectura, no hay “parcialidad” en el sentido de toma de posición ética y política sin implicación subjetiva, pero esta “parcialidad”, necesaria, diría Martín-Baró, tiene que manejarse con objetividad y rigurosidad. La acción política puede ser ciertamente ineficaz, pero también puede serlo la “científica” o la “institucional” y nada está definido de antemano. Si no fuera así, entre otras cosas, no aparecerían nuevos fenómenos políticos. Me cuesta mucho imaginar a un Ignacio diciéndole a sus alumnos “escuchen bien, sean buenos y eficaces profesionales en psicología, pero no se vayan a meter en política”.
Por apostar a lo colectivo
La primera vez que contamos con Ignacio en actividades académicas en la Universidad de Costa Rica, con una conferencia y un taller sobre conflicto y polarización social, fuimos sorprendidos por una iniciativa bastante insólita en nuestro medio. Solicitó, al Área de Psicología Social, convocar a una reunión a todos los profesores y profesoras del área, y en este conclave, solicito a cada uno comentar lo que hacía, lo que le interesaba. Era la primera vez que escuchábamos lo que hacían nuestros colegas. Luego, el mismo me envió una reseña de la reunión.
El paciente trabajo de articulación de redes, de establecer lazos entre psicólogos y psicólogas de todo el continente motivados por el compromiso social fue algo que rinde frutos hasta el día de hoy.
En la entrevista pude hacerrle en 1987, que sale publicada en 1986 solo por un atraso en las publicaciones del Colegio profesional de Psicologos de Costa Rica (Dobles, 1986), Ignacio resaltaba el detalle de considerarse parte de un movimiento. Con el individualismo y el protagonismo imperante, No es cualquier psicólogo, cualquier académico de prestigio, el que pone las cosas así.
Ese movimiento, a que alude, representaba, a mi juicio, a los sectores más progresistas y comprometidos con sus pueblos de la psicología latinoamericana, que con Ignacio y otras figuras logran a mediados de los años ochenta incluso influir en los espacios mas sólidos de la institucionalidad disciplinaria dominante, como la SIP, de la cual llego a ser elegido vicepresidente por el área de Centroamérica y el Caribe.. Es claro, para mí, que este “movimiento “ o esfuerzo incipiente recibe, como lo recibió también el pueblo salvadoreño, y la Teología de la Liberación, un rudo golpe el acto criminal del 16 de noviembre de 1989, y no ha sido fácil rearticularse, redefinir un rumbo en que se puedan encontrar voluntades, pensamientos y acciones concretas. A esto quiero dedicar las reflexiones siguientes. Tengo la impresión de que la vida, la muerte, el pensamiento y la praxis de este salvadoreño por opción, presenta un enorme reto a la psicología y a los psicólogos, ya que tiene la contundencia del sacrificio, del martirio, de la entrega total.
Los efectos han sido variados: se ha querido, en ocasiones, ubicarlo en un altar que lo único que hace es establecer distancia. Se le ha querido negar, al no publicarlo, al no enseñar su obra, al no discutirla, se le ha querido minimizar (cuanto no hemos escuchado de esto, que si no “tenía una teoría de esto o de aquello”, por ejemplo), se ha querido delimitar la relevancia de su obra al contexto salvadoreño de guerra de los ochenta (no se vaya a pensar que una “Psicología de la Liberación” pudiera decirle algo a la psicología europea), o se le ha querido, como ya he mencionado, domesticar, quitándole las espinas, los ángulos mas “·comprometedores” y “radicales” para digerirlo mejor.
Pero lo que ocurre es que el cierre, la asimilación, no será posible, nunca, porque de lo que se trata, con Ignacio Martín-Baró, es de que con el compromiso crítico que postulaba, con su búsqueda crítica y renovadora en el mundo de las teorías y conceptualizaciones, con su lectura y abordaje de los problemas de las mayorías, dicho sin demagogia alguna, aquellos que aspiran a mayor justicia, a articular disciplinas vinculadas con la suerte de los pueblos, tienen y tendrán en Ignacio Martín-Baró a un compañero, a una referencia que estimula el compromiso, la praxis y el abordaje de los problemas reales de sus pueblos. Era y es, como le gustaba calificarse a sí mismo, en última instancia, un “compañero de lucha”. Y su obra escrita, sus reflexiones y contribuciones, su ejemplo, que no puede ser mediatizado ni domesticado, se convierte en referente y estimulo para el joven psicólogo brasileiro que incursiona en el trabajo con la pobreza y la opresión en sus comunidades, para la estudiante de psicología costarricense que quiere dar una contribución a la tarea patriótica, comunitaria, de defensa de los recursos naturales, para el joven estudiante hondureño movido por la situación de su país, que quiere hacer algo por una patria más justa y menos desigual, para el venezolano involucrado desde su profesión en proyectos comunitarios, para el activista gay estudiando fenómenos de salud en México, DF, para el joven nicaragüense involucrado en tareas de su pastoral social, y hasta para la joven estudiante estadounidense que se topó, en sus búsquedas intelectuales, con su colección de ensayos sobre psicología de la liberación publicada por la Universidad de Harvard.
Referencias De La Corte, L. (2001) Memoria de un compromiso. La psicología Social de Ignacio Martín-Baró. Bilbao: Desclee de Brouwer. Dobles, I. (1996) “Retos teóricos y práxicos de la Psicología Social Costarricense” en Cordero, T., Dobles, I., Pérez, R. Dominación Social y Subjetividad. Contribuciones de la Psicología Social. San José. Editorial Universidad de Costa Rica, 9-22. Dobles, I. (1986) “Psicología Social desde Centroamérica: retos y perspectivas. Entrevista con el Dr. Ignacio Martín-Baró”, Revista Costarricense de Psicología, 8-9, 71-76. Jiménez, B. (2007) “La articulación crítica entre psicología ambiental, política y comunitaria” en Dobles, I., Baltodano, S., Leandro, V. Psicología de la Liberación en el contexto de la globalización neoliberal, San José: Editorial Universidad de Costa Rica, 193-200. Lacerda, F. ¿Liberarse de qué? Liberarse para qué? Notas sobre marxismo, anticapitalismo y psicología de la liberación, en Dobles, I., Baltodano, S., Leandro, V. Psicología de la Liberación en el contexto de la globalización neoliberal, San José: Editorial Universidad de Costa Rica, 201-208. Martín-Baró, I. (1985) Acción e Ideología. Psicología Social desde Centroamérica. San Salvador: UCA Edit. Segunda edición. Martin-Baró, I. (1989) Sistema, Grupo y Poder. San Salvador: UCA Edit. Parker, I. (1989) The Crisis in modern social psychology-and how to end it. London: Routledge. Prilleltensky, I. (1994) The morals and politics of psychology: psychological discourse and the status quo. State University of New York Press. |